Ella llegó una tarde sin anunciarse, como llegan las visitas que no avisan, que no llaman a la puerta, porque saben qué en el fondo, las estabas esperando. Entró silenciosa, con paso firme, y se sentó frente a mí como quien se acomoda en una silla propia…

Al principio quise ignorarla. Fingí ocuparme en pequeñas tareas; pero ella tenía esa paciencia infinita de las cosas inevitables. No hizo ruido, no exigió nada, simplemente estaba. Me di cuenta de que la casa respiraba distinto, como si la ausencia de voces dejara espacio para oír el latido de las paredes…
Las sombras se alargaban sin prisa, conscientes de que nadie las interrumpiría, y en ese vacío que se abría, algo de mí empezaba a escuchar un lenguaje olvidado, y comprendí que la soledad venía a mostrarme los fragmentos que había ido dejando atrás para poder seguir caminando…

En su mirada sin ojos, hecha de tiempo, encontré algo parecido a un refugio, una promesa, un recordatorio de que antes de compartir con el mundo, hay que habitar nuestra propia piel…
La tarde cayó, y con ella llego una calma que no conocía. La soledad se levantó, como satisfecha por haber cumplido su tarea. No se fue; no suele hacerlo; pero dejó de pesar. Ahora caminaba a mi lado, ligera, liviana, como una compañera que ha aprendido a guardar silencio en el momento preciso.
Replica a deepestjoyfully2250255d9b Cancelar la respuesta