No es fácil despedirse de los lugares que un día fueron hogar, ni de las personas que dejaron profunda huella. Los recuerdos de esos lugares siempre viajarán con nosotros, así como las ausencias que el tiempo nunca podrá borrar. Hoy el corazón camina con nostalgia; pero también late con la esperanza de encontrar nuevos lugares, nuevas oportunidades y nuevas razones para seguir adelante.

Hay despedidas que no hacen ruido, pero que rompen por dentro; porque se deja atrás un lugar que fue mucho más que un punto en el mapa. Allí quedaron días que jamás volverán, momentos que marcaron el camino, palabras, abrazos, silencios, risas y lágrimas, y aunque hoy los recuerdos pesen más que las maletas, hay que pensar que cada paso hacia lo desconocido se acerca a una versión que todavía es desconocida.

Se cierra una puerta con la nostalgia de quien deja atrás una parte de la vida, de los lugares que fueron refugio, de los caminos que aprendieron el nombre propio. Hoy te alejas de esos lugares con los ojos tristes, pero con el alma dispuesta a pensar que existe un lugar donde la esperanza vuelve a llamarnos por nuestro nombre, al igual que los árboles pierden sus hojas en otoño y vuelven a florecer en primavera…


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