No pretendo hablar de la edad como una cifra, ni tampoco quien es más joven o más mayor, eso carece de importancia; pero si de algo que creo es muy interesante: lo que los años nos han enseñado.

Hay una cosa que supongo nos ha ocurrido a todos: Cuando somos jóvenes queremos saberlo todo; pero con el tiempo descubrimos que lo importante no es saberlo todo, sino saber qué es importante y merece la pena conocer, y creo que quizás es una de las primeras diferencias entre conocimiento y sabiduría. El conocimiento nos permite acumular respuestas. La sabiduría nos enseña a hacer mejores preguntas.

Cuando somos jóvenes, muchas cosas nos parecen importantes: Tener dinero, reconocimiento, ser alto, tener los ojos azules, etc. y, sin darnos cuenta, pasamos una buena parte de la vida intentando conseguir cosas que años después descubrimos que no eran tan importantes y con el tiempo empezamos a valorar otras cosas. La familia. El amigo que está cuando hace falta. Una conversación. Una comida compartida. Una tarde sin obligaciones. Tener tiempo para nosotros. Y creo que esto último es una de las cosas que nos enseñan los años. 

El tiempo vale mucho más cuando comprendemos que no podemos recuperarlo. Podemos recuperar el dinero. Podemos encontrar otro trabajo. Podemos comprar otra casa. Podemos encontrar otro amor; pero el martes pasado ya no volverá, y esto debería hacernos reflexionar y mirar nuestro tiempo de otra manera.

Cuando somos jóvenes, una discusión parece un combate. Queremos ganar. Queremos demostrar que tenemos razón, y si podemos dejar al otro sin argumentos mejor todavía; pero llega un momento en que uno empieza a preguntarse: “Qué gano con tener la razón, si pierdo al otro”

Y entonces aparece una forma distinta de inteligencia, que te han enseñado los años vividos. La capacidad de decir: “Puede que tengas razón”, y esto no deberíamos verlos como una debilidad, seguramente es tener más seguridad. Porque para reconocer que podemos estar equivocados necesitamos tener bastante más confianza en nosotros mismos, que para imponer nuestra opinión. Tal vez la verdadera sabiduría consista, en saber cuándo hablar, cuándo callar y cuándo dejar que el otro diga la última palabra.

Todos cometemos errores, unos leves y otros más graves, y seguramente algunos de esos errores preferiríamos no recordarlos; pero hay una pregunta que debemos hacernos: ¿Qué habría sido de mi si no hubiera cometido aquel error? Un fracaso puede enseñarnos algo que diez éxitos no consiguen mostrarnos. Una decepción puede enseñarnos a elegir mejor. Una mala decisión puede enseñarnos a pensar antes de decidir la próxima vez. Porque si de cada error hemos sacado una lección, entonces incluso los errores forman parte de nuestra sabiduría. 

Hay personas que llegan a nuestra vida. Amigos, compañeros, vecinos. Personas que fueron importantes durante una etapa de nuestra existencia, y después están esos muy pocos que permanecen. Los que puedes llamar después de diez años y parece que hablaste ayer con ellos. Los que no necesitan explicaciones. Los que conocen nuestras virtudes y nuestros defectos, y aun así siguen estando ahí. Creo que con los años aprendemos que tener muchos conocidos es fácil; tener buenos amigos es extraordinario.

Hay otra mentira que nos contamos a nosotros mismos con demasiada frecuencia. A estas alturas ya es demasiado tarde para aprender. Demasiado tarde para hacer deporte. Demasiado tarde para tocar un instrumento. Demasiado tarde para enamorarse. Demasiado tarde para cambiar; pero hay algo que los años nos enseñan: mientras hay vida, hay posibilidades de hacerlo. Quizá no podamos hacer exactamente las mismas cosas que a los veinte; pero podemos hacer otras, y algunas pueden ser incluso más gratificantes, porque ahora tenemos algo que antes no teníamos, experiencia y sabiduría. Sabemos mejor lo que queremos y, sobre todo, sabemos mejor, lo que no queremos.

Finalmente creo que tenemos que recordar de vez en cuando,que la vida no necesita ser perfecta. Durante muchos años buscamos que todo salga bien. Que el trabajo funcione. Que la familia funcione. Ganar mucho dinero. Que las relaciones sean perfectas; pero la vida no funciona así. La vida tiene pérdidas, cambios, sorpresas, enfermedades, decepciones, alegrías, encuentros y despedidas.

Lo que he aprendido con los años es que hay que dejar de exigirle a la vida que sea perfecta, y empezar a disfrutarla tal como viene.

Porque al final, quizá la verdadera sabiduría no sea tener muchas respuestas, sino saber en cada momento que preguntar……


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